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Mi primer festejo

Noviembre 14, 2018, 11:58 pm

Por Fernando Garza (@fergarzagolf)

Este es uno de mis primeros textos de altura, espero no defraudar. Lo que escribo lo hago con el corazón y por ser una ocasión especial. Quien sabe, igual esto comienza como un “juego” y termina siendo una vocación que recién encontré. Veremos. El único objetivo es expresarme, acá todos encuentran sus formas y ésta será una de las mías. Aún no me acostumbro, todo desde acá lo he tenido que hacer abstracto (arrojar mi aroma, profundizar mi recuerdo, ponerle play a mis canciones favoritas alrededor de ustedes, causarles algunas sonrisas repentinas).

Es normal que me levante con una nostalgia peculiar. No que no haya sido sentimental en el pasado, al contrario, siempre me gustó sentir, pero la nostalgia de acá es distinta, y provocada por muchas cosas. Por verlos a todos, pero de manera distinta a como lo solía hacer, por haber llegado acá sin esperarlo (aunque sabía que algún día vendría), por no encontrar algunas cosas que siguen en cajas de mudanza y que espero ya sacar y colgar el siguiente fin de semana. Mi cuarto, después de que recién me lo asignaron la semana pasada, quedará listo el domingo próximo con todo lo necesario (es decir, libros, la poca ropa que me traje, las fotos que alcancé a tomar cuando salía el tren para acá, y unos buenos trajes, evidentemente).

¡Nunca pensé que acá también hubiera algo de burocracia! Bueno, finalmente el cuarto que me tocó es con vista a América. Me gustó.

La nostalgia se mezcla de pronto con desesperación. No he visto ni en el parque del que algunos me hablaron en la caseta de la entrada ni en el café más famoso de acá (donde usan café de Chiapas, naturalmente) a algunos viejos amigos y familiares para los cuales tengo algunos mensajes. Quiero quitarme ese pendiente pues, para disfrutar a pleno lo que uno viene a hacer acá: inspirar, recordar, impulsar, gozar.

El WiFi acá por suerte no funciona, aunque viví la máxima tecnología un tiempo, prefiero la serenidad del canto de los pájaros, el maravilloso paisaje (el cual ocasionalmente causa vértigo) o la alegría de los niños que llegaron acá sin saber diferenciar tierras, planetas o circunstancias que los trajeron aquí. Inocencia pura.

He exigido poco, pues siempre tuve claro lo que es realmente importante (familia, amigos, salud -principalmente-). De las pocas cosas en las que fui enfático al llegar (para lo cual me pidieron me comunicara a un 01-800) fue la televisión. No quería yo una gran pantalla de tal o cual marca ni mucho menos, ni el mentado Netflix. Es más, tampoco pedía las buenas películas del cine de oro o alguno de aquellos clásicos españoles. Simplemente había un par de canales deportivos que a toda costa debía tener acceso.

Juan Antonio Estrada, hombre bueno de Gómez Palacio, Durango y quien al enterarse de mi llegada rápidamente se acercó a asesorarme, me dio algunos tips para no perderme los eventos en los que él también tenía interés. A su llegada (abril de 2016) Juan Antonio, quien participó en Augusta en los años 60’s, por la premura no pudo sintonizar su torneo favorito, así que conoció a la gente indicada acá y se juró a si mismo que ante la llegada de alguien que tuviera intereses similares a los de él, haría todo lo posible para que nadie “sufriera” lo que a él le tocó. Sus consejos funcionaron y en la habitación, aún sin mis pertenencias en mi lugar, estaba la televisión de 21 pulgadas con el canal correcto sintonizado. La marca de la televisión era SkyTV, quien ganó la licitación hace años y no la soltó jamás por falta de competidores. No había quien diera el servicio esperado ante cualquier problema técnico.

¿Y por qué esos canales? Porque la vida nos regaló hijos, pero también después, nietos. ¡Y qué regalo! Estos últimos salieron bravos para los deportes. Salieron finos, persistentes, tenaces, con una determinación que no vi jamás. Aunque los vi practicar muchos deportes (y en parte esas son las fotos que tengo acá en mi recamara), en el golf fue donde recibí las más grandes alegrías.

La alegría vino no solo por el simple hecho de sus triunfos, sino porque la vida me daba la oportunidad de ver los procesos que vivían mis nietos en el camino a él. Es decir, fui testigo de las decepciones, dudas, derrotas, sinsabores. Y después de todo ello, verlos triunfar en cualquier deporte que fuera, me llenaba de alegría porque la dicha desbordaba a la familia entera, pero yo internamente disfrutaba más el proceso… de la paciencia, la entereza de aguantar… aguantar, hasta que con trabajo llegaban esos trofeos que ahora adornan parte de mis vitrinas acá (¡ya les dije, por si ven que les falta alguno allá!).

Voy a atreverme a hablar, en este texto, un poco más sobre mi nieta. Lo hago porque este pasado fin de semana ella fue el motivo de que acá me llamaran varias veces la atención (no se puede gritar después de las 20 horas).

¿Qué les puedo decir de mi Gaby? Muchas cosas fui capaz de transmitirle, en incontables pláticas, pero siempre me quedé corto de adjetivos cuando la veía. Fuerte, alegre, con una luz y un carisma especial (no diré que la sacó de su abuelo), fue y es un motivo de orgullo muy grande para mí. De nuevo, no sólo por lo que logró mientras estaba yo en aquella etapa, sino que por lo que está por lograr, por lo que provoca con su determinación en la familia entera: la absoluta certeza de que TODO ES POSIBLE.

¿Y lo que me llena más el corazón? Ver que la base de su éxito son los valores (sí, su técnica, sus putts, su empeño en la práctica y su hole in one también!) y no solo saberlos, entenderlos, sino ponerlos en práctica en todos los aspectos de su vida. Yo vi la transformación de la sociedad y cómo la estructura, respeto y solidez familiar en muchos casos se vio desplazada como algo no prioritario, y fue algo que traté de que en mi familia no fuera así. Sus padres hicieron un trabajo extraordinario con Gaby, y yo de vez en cuando reforzaba lo que ella veía en su casa, fue trabajo en equipo.

Por cuestiones de logística, por acá hay un único horario en el continente (se usa la hora del centro) y cómo pedí cuarto con vista a América, los horarios de los torneos en Asía no son fáciles. Sabiendo eso, comencé a cambiar mi horario para dormir hace seis días, Medio me acostumbré, a pesar de que mis vecinos fueron enfáticos de que debía mantener la voz baja y la televisión en un volumen apenas permitido.

Empezaba el torneo el jueves y ese 2 abajo de par me dio una buena sensación. No lejos del liderato y con buenas sensaciones. Sabía (como lo platiqué con Gaby en alguna ocasión) que la fuerza de las tailandesas sería algo que habría de derribar si queríamos ganar la primera vez. Nada fácil. Pero también pensé, durante esa primera ronda, en Gaby y sus inicios. En el increíble camino de una chica que a los 15 años había tenido la oportunidad ya de jugar en el LPGA Tour, premio a todo lo sacrificado desde los cinco años en los que empezó a balancear el bastón imitando el swing de su padre.

Vino la segunda ronda y la espalda aguantó. Un score bueno de nuevo y la tailandesa prendida, pero mi Gaby en la parte alta del tablero. Y ahí, al término de los primeros 36 hoyos, me empezó un poco la desesperación por no poder llamarle o mandarle un whatsapp y desearle buena suerte. Finalmente, uno acá encuentra sus maneras y lo hice: robustecí recuerdos y los envié, aclaré el cielo de la isla de Hainan (con la ayuda de un amigo chino que está en mi cuadra) e hice lo que pude con dos o tres botes que evadieron el rough. Presente siempre estuve, así me sentía. Y al termino de la segunda ronda también recordé las épocas en las que Gaby nos contaba lo mucho que extrañaba a su familia, pero lo maravilloso que estaba siendo su experiencia en la Universidad de Arkansas.

Unas por otras, le decía yo. “Ve por tus sueños”, le repetía. No fueron épocas sencillas, una adaptación rápida era requerida, y competir al máximo nivel amateur fue algo que fue desarrollándose a la par de que Gaby crecía como adolescente. Terminó siendo la mejor decisión posible.

Ya para antes del inicio de la tercera ronda, llamé a un par de buenos amigos que sé que son desvelados, y al chino que vive por aquí y que me ayudó con el cielo en Hainan. “Moving Day” y el día favorito de los torneos de Gaby. Lo digo así porque le gustaba atacar, ir por ello, alcanzar si iba atrás de las líderes o dar un golpe de autoridad separándose de sus perseguidoras si había ella salido en el ultimo grupo en la tercera ronda. Garra, lucha, concentración.

El chino me miraba fijamente tratándome de entender (su español es nulo, mi inglés, reducido). Por suerte, mis otros dos amigos tenían un buen dominio de varios lenguajes y nos entendíamos. ¿Quién no va a entender una sonrisa? ¿Un grito, el llanto después de que embocaras ese hole in one? Idioma universal. Así gozamos el 66 que anotó. Con una copa de tinto y un queso también (que metimos de contrabando con un conocido español).

La noche después de la tercera ronda, no dormí. No lo hice porque no dejé de pensar en ti, Gaby. No lo hice porque te mandaba señales de todo tipo para darte fuerza (aunque sabía que tenías suficientes) para aguantar a todo un país que anhela historias como la tuya, triunfos extremos, lejanos que prueban ser históricos y eternos. No dormí porque el vino me ocasionó un poco de reflujo, así que me tuve que parar por una pastilla con un amigo doctor que afortunadamente vive en el piso de arriba. Mientras esperaba a sentirme mejor recordaba tu lesión y tu desesperación por volver, y también pensaba en la fuerza y sabiduría de tu equipo a la hora de convencerte de los momentos correctos para regresar.

“Si quieres ir rápido, ve sola. Pero si quieres ir lejos, ve en equipo”.

Sufrimiento y concentración habías tenido, basta recordar la escuela clasificatoria a finales de 2015. ¡Qué locura! Por ello, al iniciar la ronda final estaba con plena confianza en lo lograrías. En realidad, ya lo habías “logrado”. Llegar hasta ahí a pesar de muchas cosas, de muchas personas.

Siempre pensé que el triunfo es la cereza de un pastel delicioso que hay que ir cocinando con dedicación y pasión a lo largo de los años. En el golf, el pastel se cocina todavía más lento. Ganar es aún más difícil, pero no le digan que algo no es posible a mi Gaby, ¿verdad? ¿Cómo dudar si tuviste el ejemplo de Lorena, la número uno del MUNDO? No hay nada más que decir.

¿Cómo dudar también de que la victoria llegaría, si te rodeaste de talento en todo tu equipo de trabajo, confiando desde hace muchos años en tu coach y amigo Horacio? Cómo dudar, si el equipo de IGPM te respaldó siempre y con ello, un grupo de jugadoras que comparten sueños, obstáculos y fines comunes? Todo eso porque quieren el éxito para México y Latinoamérica.

Lloré, lloré mucho en el transcurso de toda la ronda final. Seguro sintieron la lluvia en el centro de México… sí, fui yo y mis amigos. ¡Nunca había visto a un chino llorar! Pero la felicidad se contagia, por suerte. Ha sido hasta hoy, el día más especial de los más de 87 que llevo en mi haber. Gracias, Gaby, por seguirme haciendo muy feliz también acá, y por mostrarle al mundo entero que los sueños se cumplen.

Recuerdo cuando me contaste, antes de irte a Arkansas, que te entrevistarían de la televisión en el club y que estabas muy nerviosa. ¿Quién pensaría que después de cinco años esos mismos nervios habría que controlarlos pero ahora en un putt en el hoyo 72 para lograr tu primera victoria en el LPGA Tour?

Las vueltas que da la vida, y la muerte también. Seguiré sintonizándote, contando tu historia acá en el cielo y rompiendo las reglas de ruido si es necesario, semana tras semana. El ángel gritón, me dicen por acá, pero ángel al final 😊. Gracias por hacerme sentir tan orgulloso.

Te quiere tu abuelo,

José Angel LV

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