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Semana mexicana

Noviembre 20, 2018, 10:03 pm

Por Fernando Garza (@fergarzagolf)

Lo que vivimos este pasado fin de semana me dejó, naturalmente, pensando y reflexionando. Me dejó así porque es difícil dejar pasar tanta “coincidencia”.

¿Dos triunfos en dos días y tres en tan solo dos semanas? ¿Qué hay detrás de todo este éxito mexicano en los principales tours del mundo?

Mucha garra, mucha pasión, mucho esfuerzo, muchos sueños. Sí, Gaby, Abraham e Isidro tienen muchas cosas en común, más de las que imaginamos, más de las que mucha gente sabe (por no tomarse el tiempo de investigarlas, de hablar de ellas).

La noticia de dichos triunfos apenas resonaron en los medios. Ya saben, era más importante el amistoso de la selección de fútbol, la cancelación de la NFL en la CDMX o la liguilla de nuestra segunda división. En las redes sociales se leyó un poco más, con muchos de mis colegas y fanáticos en general alegrándose por la gesta (es decir, dando like, retwiteando ciertos mensajes que contenían las buenas nuevas…)

Más que narrar, describir, repetir lo que ya todos vimos (y gozamos) el fin de semana, estos triunfos me dejaron reflexionando con cómo se ve el mundo repleto de mexicanos exitosos y siendo protagonistas. Así pues, imaginé una semana en la que lo que sucede actualmente en nuestro país fuera la norma a nivel mundial.

Primero, todo el mundo comería mejor. La gente que se levante temprano en Rusia y Japón saldría a la calle buscando unos buenos tacos de canasta y un atole o champurrado, bebida para apaciguar el frío que brinda sabor y calor al mismo tiempo. Los tacos serían, al principio, con poco picante (el wasabi entrenó a los japoneses), pero el gusto por el desayuno cambiaria. Somos campeones en ello.

En América Latina la transición sería mas sencilla, pero igualmente deliciosa. En Venezuela harían un pequeño cambio, aunque tendrían también al maíz como protagonista de la mesa, en forma de gordita o tlacoyo. Los frijoles presentes siempre, harían algo especial del inicio del día y semana.

Es cierto, es probable que las reuniones alrededor del mundo puedan empezar un poco más tarde (aún cuando se hubiese prometido puntualidad), pero los objetivos en los negocios igualmente se cumplirían.

En Australia, de pronto, los amigos comenzarían a juntarse más, y la familia también. Buscarían cualquier “pretexto” para reunirse, tomar algo, asar carne, y pasarlo bien. De un cumpleaños harían una fiesta de un par de días. La Navidad comenzaría a mediados de noviembre y no terminaría sino hasta iniciado febrero. El consumo (y los kilos) crecerían de manera notable tanto en Arabia Saudita como en Canadá. El mundo entero tendría que luchar contra la obesidad de manera más organizada. No estaríamos solos.

La Coca-Cola tendría sus mejores años (desafortunadamente) pero también el tequila, orgullo de esta tierra. Si bien ya es una bebida que se toma en todo el mundo, sería notorio el crecimiento en tierras lejanas como Indonesia, Corea y hasta Malasia, aÚn con los temas religiosos. Se detonaría el consumo del tequila de calidad, el de verdad, el que trae historia y el que le gusta transmitir buenos momentos. Dado esto, es probable que en 20 o 30 años la siguiente guerra fuese por los agaves disponibles en el mundo.

El mundo estaría de mejor humor. Los peruanos se darían cuenta que con una buena comida, un buen amigo y teniendo salud, se puede ser feliz. Los austríacos, increíblemente, de pronto le encontrarían sentido al trabajo que no gusta, al entender que el sábado, al terminar la jornada laboral, vendría la recompensa en forma de botella helada: una buena cerveza.

El orbe sería uno más incluyente, más abierto y más apasionado. El color en las calles sería casi irreconocible. Habría más verde, rosa, rojo, amarillo. Parecido a lo que sucede en San Miguel de Allende, de pronto Rostov, Dubai, Vancouver y hasta Yakarta obtendrían personalidad y calidez. Los turistas en aquellas ciudades volverían.

No sería raro ver mariachis en la Ópera de Sydney y charrería en Londres. Sería un gozo para todos y un orgullo nacional. La gente sonreiría mas.

Cuando alguien muera, se seguirá festejando la vida del difunto, y por ello se congregaría la familia a degustar lo que más gustaba a quien hoy ya no está, y se generalizarían las risas, no el llanto. La industria del pañuelo iría en picada, aunque se recuperaría con el llanto por los triunfos de tanto atleta consagrado.

El mundo sería esa semana, un gran playa, de agua cristalina y arena blanca. Preciosa. Estarían de moda las mujeres de 1.60, igual que algunas bellezas nuestras, y los gigantes ucranianos no pasarían del 1.70. La hotelería se expandiría por la belleza alrededor, pero sobre todo por el trato. De pronto los europeos serían más hospitalarios y hasta recitarían alguna que otra canción de José Alfredo Jiménez. El mundo está “vuelto loco” con estas nuevas normas que rigen nuestro comportamiento, pero hay más gente feliz.

Es cierto, a veces se prometerían cosas incumplibles en la ONU o algún otro organismo mundial (¿que no sucede eso ya?) para después retroceder y replantear la situación, ante los ojos confundidos del mundo entero. Pero un chiste de color al final del discurso pondría de buenas a los presentes.

Los españoles alburearían a los chinos coloquialmente y los tailandeses profundizarían su amor por el picante. El chile piquín sería una joya perseguida parecida a la más rara piedra preciosa que jamás existió.

Los americanos de pronto se iniciaron en la siesta, y esto los calmaría un poco. Así, las historias de terror con las armas irían desapareciendo, con el solo hecho de descansar lo suficiente. Remedio rápido, fácil y duradero.
La droga de moda sería el chocolate, y lo exportaríamos sin necesidad de contrabando.

Las heridas históricas de haber perdido algo de territorio con el sometimiento con el que eso vino acompañado, resultó en un carácter forjado “contra todo” de los nuestros. Y ahora, por ende, veríamos menos suicidios a nivel mundial, sobre todo en Japón, pues comenzaron a creer que es posible salir adelante y que lo verdaderamente importante no es tan difícil de conseguir (salud, familia, amigos y algo de diversión). Esta tendencia a la baja del suicidio ayudó por igual a los japoneses que a los austríacos, quienes sufrían mucho con el frió. El calor les trajo esperanza.

El talento mundial para enseñar se uniría, y por ende se notaría en las competiciones. Los coaches apasionados y que sacrifican su tiempo y esfuerzo por formar líderes, humanos de bien, deportistas, viajarían para conocer a sus contrapartes de Europa y Asia y nos “ahogaríamos” con tanta historia de talento sobresaliente. Ya existen hoy, pues, pero aflorarían más pronto. La Federación Mexicana de Golf sería quizás la punta de lanza, y los complementos perfectos estarían en el resto de países. Trabajo en equipo.

La ilusión y orgullo que provocaron los triunfos Abraham, Isidro y Gaby se construyen a partir de coincidencias que tenemos todos los mexicanos, cosas buenas y únicas de las que hay que hablar y resaltar. Sueño con que esta semana tan especial se repita pronto, y quizás no solo con triunfos en las canchas, sino con acciones cotidianas de nosotros los ciudadanos que poblamos esta tierra.

¿Será que todo lo aquí escrito lo veremos en Irlanda del Norte en julio de 2019? Es probable.

Tacos en el hoyo 1, mariachi en el hoyo 10. Un torneo diferente. ¡Bienvenido The Open para los nuestros!.

¡Viva México!

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